Consultora en Desarrollo Humano, Convivencia y Diversidad

Tan únicos, y con tanto en común

Necesitamos una mirada aceptante para sentirnos seguros. ¿Podemos ejercitarnos en brindar y brindarnos aquello que deseamos recibir?

Convivir concientemente en la diversidad de la que todos somos parte ha sido y es para mí una práctica constante de empatía, y una pieza fundamental en mi camino de reconciliación conmigo misma, lo cual es a su vez una de las bases irrenunciables para acompañar procesos de desarrollo de otras personas. Es un permanente ejercicio de comprender y resonar con cómo siente y piensa otro ser humano, tan único, tan distinto a mí, y con tanto en común.

Durante los primeros años después del diagnóstico de Asperger de uno de mis hijos me sentía, entre otras cosas, abrumada y sobreexigida. Atravesé con ellos diversas experiencias, algunas muy duras. El entorno, en principio escuela y otros ambientes de actividades, parecían carecer de información al respecto de la condición de mi hijo, y de cómo esto suele impactar en la familia. Muchas veces faltaba el interés en comprender y acercarse. La empatía brillaba por su ausencia. Nos sentimos muchas veces excluidos.

Me di cuenta que la mirada ajena no me era ajena. Ese “otro” muchas veces interpretaba o enjuiciaba mal, y eso me afectaba. Pero también me daba cuenta que mucha gente no contaba con los recursos para comprender. Y que si yo enjuiciaba al otro por su torpeza o ignorancia, iba a perpetuar un lamentable y dañino juego de espejos, de esos que deforman.

Me propuse entonces aprender más, para dar a conocer a los demás sobre la Condición del Espectro Autista. No sólo por mi hijo, y tantas otras personas en condición similar, sino para hacer un pequeño aporte en el camino hacia la igualdad de oportunidades. Para que no haya los unos que enjuician -bien o mal- a los otros, los incluyen o excluyen, sino personas conviviendo a la par en respeto a la “diversidad”, que para mí es tan digna de total valoración, y tan natural como la vida misma.

Información, interés y empatía, una tríada fundamental para mejorar la convivencia. No sólo con quienes tienen algún diagnóstico formal, que de ningún modo los define como personas, sino también con quienes de un modo u otro se sienten “diferentes”, como que “no encajan”… A veces por cuestiones de género, sexuales, culturales, funcionales… Y muchas más veces, sin saber por qué. Como si hubiese “algo” que las hace sentir escindidas, aunque sea en parte, del entramado social. Y esto afecta porque la necesidad de pertenencia es muy fuerte; ser segregado, encontrarse aislado, puede sentirse muy amenazante. ¿Podemos ejercitarnos en brindar a los demás, aquello que deseamos recibir?

La mirada ajena no nos es ajena. ¡Y mucho menos, la propia!

Una mirada cálida que aprecie lo que nos diferencia, sin enjuiciarlo. Más allá de cualquier característica, y de cuán atípica esta sea. En la primera fase de la vida, sin duda, precisamos esa validación de parte de nuestros cuidadores y entorno primario. Y al madurar, se abre el desafío y la oportunidad, de brindarnos a nosotros mismos esa mirada empática, libre de juicios, que acepta y valida.

Cuanto más podemos empatizar con los diversos aspectos que nos conforman y aceptarnos como somos, más nos podremos abrir a la riqueza del encuentro con otros, tan únicos y diferentes, y con tanto en común, para enriquecernos mutuamente y convivir en diversidad.

Patricia Santamaría
Octubre 2022

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